No sé muy bien qué es lo que hace que me ponga a escribir cuando tengo pensado hacer otra cosa. En fin, aquí estoy. De pronto he querido compartir con vosotros algo o dejarlo aquí para que no se pierda en esa memoria mía cada vez más escuálida.
El domingo pasado fui al vivero que tengo más cerca de casa. Periódicamente, cada x meses, una buena mañana de domingo- siempre es domingo-, de esas soleadas, de cielo azul o azul cielo, de cantos de pájaros al despertar, del rítmo de unas zapatillas que golpean el asfalto al correr, de unos pasos relajados a la vuelta de comprar el periódico, pan recién hecho y algo de bollería para sorprender a quienes en casa aún duermen,...(¿Por dónde iba?...)...
Decía que esas mañanas de domingo redondas, siento el impulso de comprar plantas, abono, tierra nueva,...
Y así lo hice. En esta ocasión, cuando llegué con mi carrito a la caja, me dí cuenta de que la gran mayoría eran margaritas, siendo éste un claro influjo de mi salvapantallas de margaritas blancas tomado prestado de una entrada de María ("El saco de mis pensamientos").
Junto a las plantas, me regalé un capricho, un precioso adorno alargado hecho de alambre y cristal, con un sol, unas flores, una mariposa y unas cuentas de colores, rematadas en un recipiente para una pequeña vela de cristal de color rojo.
Al llegar a casa, pensé y repensé en qué lugar lo colocaba. Resultó ser demasiado largo para dentro de mi casa y además, parecía nacido para estar al aire libre y disfrutarlo en las veladas estivales. Por fin hallé el sitio perfecto. Cogí una escalera y me subí al último peldaño para llegar a colgarlo a la rama más alta de un ciruelo japonés, de manera que la vela pudiera contemplarla encendida en la entrada.
Ahí estaba esta noche, donde lo dejé.
He sentido el deseo o puede que la necesidad de encenderla y he visto que la vela se había mojado con la lluvia. En condiciones normales, habría desistido por hoy, otra vez será, pero esta noche tiene algo de especial, el día lo ha sido, se ha ido rellenando de instantes, momentos, cargados de ternura, de unión en la lejanía, de amor, de preocupación compartida, de palabras hermosas, sentidas,...
He rebuscado en el armario donde guardo las velas, he cogido una de ellas, he vaciado de agua el recipiente y he prendido la vela. En estos momentos está parpadeando, guiñándome un ojo porque sabe que estoy hablando de ella.
Solo quería compartirlo con vosotros.